wolfgang
wolfgang
La excursión que se había seleccionado era la de La Cascada del Hornillo, pero como Jero tenía una prueba médica por la tarde y pensaba que yendo a esta podría acudir a la cita sin problemas, la cambiamos por votación mayoritaria.
Iniciamos la marcha puntualmente y nos adentramos en el bosque por la puerta de La Cerca de Felipe IIque formaba parte de las creadas alrededor de Madrid en el siglo XVI como aduanas de acceso a la villa y que ahora sirven como limitación de acceso al dominio del Patrimonio Nacional. Pero nosotros obviamente pasamos por allí como es debido, o sea “como Pedro por su casa”. Se tuvo que cruzar un arroyo llamado de Picazuelo. A través de una pista forestal hicimos una primera hora y media de recorrido por el bosque de pinos y robles aunque también mucha arizónica.



El recorrido estaba marcado por carteles indicativos de la zona que recorríamos con una pequeña reseña sobre sus características y cada una tenía un nombre, ¡qué bonito! Claro, claro es que estaba en la cercanías del V. dls Cds. Los nombre eran algo así como: En busca de agua, Agua necesaria, Caudal de Vida, La sed de Madrid, etc… Yo me imaginaba la camisa azul y el pantalón corto de nuestra época del Frente de Juventudes.

Así llegamos en hora y media al Alto de Picazuelo donde tomamos los panchitos. Emprendimos la marcha y atacamos ya una subida por senda empinada que nos llevó a la primera capilla que te hace preguntarte como es que a mitad de siglo XX todavía había gente que pensaba como hacia varios siglos atrás para hacer esas burradas: capillas de bloques enormes, de granito en lo alto de montes escarpados para poder hacer un vía crucis que recuerde al sufrimiento de Jesús de Nazaret. Pero el sufrimiento fue sobre todo de los presos republicanos (rojos) que lo tuvieron que hacer.
Seguimos subiendo escalones que te llevaban a la siguiente estación del vía crucis y en general lo que más impresionaba era las vistas de todo el valle con la Cruz de los Caídos en medio. Después de subir al menos mil escalones llegamos a la más alta de las cruces que estaba en el Risco de la Brulera donde había una vista general amplia del valle, que parece sirve de vigía del monte.
Después de bajar tropecientas escaleras
llegamos a la zona donde más o menos íbamos a comer, pero yo que iba el último
me despisté y les perdí, así que me costó volver a encontrarlos pq se habían
separado algo de la senda marcada por el gpx.
La comida regada con la bota de Paco con vino de (no recuerdo) pero bueno,
café de Miguel y aguardiente de M. Angel fue como siempre un momento agradable
de reposición de fuerzas y charla.
En una hora llegamos a aparcamiento de La Jarosa II y volvimos a casa, no
sin antes pasar algunos en Guadarrama por un bar con terraza para saciar la sed
con invitación de Paco. Otra jornada más en la que disfrutamos de estupendo día
y solo mencionar que echamos en falta a Chicho (ah! y JL).
JP
Hoy es el
primer día del otoño y esperamos pasarlo bien aunque hay anuncio de lluvia. Nos
hemos juntado cuatro montañeros de los nueve que estamos en activo. Chicho, que
es el que ha propuesto la excursión, nos ha escrito un guasap diciendo que no
puede venir porque ha visto estornudar a su gata dos veces y cree que él ya
tiene una gripe de mucho cuidado o incluso el coronavirus. En definitiva es un
poco “cagao” para esto de las enfermedades.
Hemos
quedado en el km 5,7 de la carretera M-104 que va de S. Agustín de Guadalix a
Colmenar Viejo. Iniciamos los cuatro, que somos Juan Ángel, Wolfgang, Miguel
Ángel y Paco (el que escribe esta crónica), esta salida otoñal. Paco ya ha
aprendido a descargarse los tracks y se siente más seguro en caso de separación
del resto del grupo. La verdad es que va más lento que los demás y siempre
llega a los puntos de encuentro el último. Con lo cual el recorrido lo suele
hacer bastante solitario y, por ende, un poco aburrido. A unos dos km de
iniciar saltamos una valla de piedras para entrar en la dehesa. Seguimos el
track sin sendero, por mitad del campo. El paisaje es impresionante pues nos
encontramos entre encinas y enebros con surgimientos rocosos y aunque el camino
es llano, no deja de subir y bajar poco pero constante. Al fin, llegamos a la
ermita de Navalazarza y aquí cambiamos el track y ponemos en nuestros móviles o
GPS uno bajado de wikiloc que nos va a llevar hasta el cerro de La Pedrezuela. Cuando
vamos a empezar la subida fuerte, nos paramos debajo de unas encinas y nos
tomamos “los panchitos” regados con el vino de la bota, esta vez el llamado
Armonioso de la Tierra Alta de Cataluña. Por cierto, Miguel Ángel trajo unas
pocas uvas moscatel de la parra de su casa, que estaban excelentes.
Es una subida sensacional por entre rocas, arena y vegetación baja y torrenteras que, aunque supone un esfuerzo, no deja de tener su encanto para nosotros pues la recompensa es la vista espectacular que nos ofrece la cumbre: se ve todo Madrid, la extensión de la dehesa, el cerro de S. Vicente (que le tengo ganas) y algunos embalses. Nos hacemos algunas fotos y comenzamos la bajada. Aquí alargamos los palos y confiamos en nuestros amortiguadores (rodillas) para no caer resbalando en algún roquedal con arenisca. Una vez que hubimos bajado al nivel de la dehesa, andamos un trecho sin camino y después volvimos a cambiar el track, el que nos había enviado Chicho. Las vistas son ahora panorámicas. Yo creo que ninguna foto puede reflejar la maravilla de esta inmensidad llena de árboles, pastos, vegetación no muy alta y un cielo azul claro con unas bellas formaciones nubosas. Pasamos cerca de una gran concentración de ganado vacuno y una vez rebasada, buscamos un sitio idóneo para llenar el coleto y descansar un poco. Encontramos un pequeño roquedal entre sol y sombra y empiezan a verse nubes un poquito negras que creemos que traen algo de lluvia. Esto hace que comamos un poco rápido no vaya a ser que nos pille la lluvia. Como el camino es bastante llano, la velocidad de la marcha se hace mayor y el Paco ya va atrasándose porque no aguanta esa velocidad, pero los otros tres le esperan y se inicia el camino de regreso a los coches. En vanguardia van Juan Ángel y Miguel Ángel y en retaguardia Wolfgang y Paco. Empieza a llover, primero lentamente y luego un poco más fuerte. Poca cosa para nuestros paraguas y cubremochilas. Son unos dos km y medio (media hora, más o menos). Llegamos a los coches y dos nos fuimos a S. Agustín a tomar una tónica y los otros dos se fueron por Colmenar.
Bonita
jornada.
Hasta
pronto, amigos.
Paco.
Mucho calor. Bueno, estamos en verano todavía. Tendríamos que haber venido en invierno.Muy llano, pero muy monótono, tanto el paisaje como el propio camino.
Hemos quedado en el aparcamiento de arriba del Pontón de la Oliva, más amplio y más accesible que el de abajo. Yo, de todas maneras, como no recordaba, me fui al de abajo. Esta vez nos hemos juntado cinco esforzados y entusiastas caminantes, Miguel ángel, José Luis, Juan Ángel, Wolfgang y yo, Paco, que soy el que lleva el vino, esta vez de Tielmes; tiene un poco de roble y lo he metido en bota, claro.
Empezamos la marchita viendo a varios escaladores en los farallones de enfrente. Es una vista espectacular, pues son paredes verticales con diferentes colores, alineadas unas a continuación de otras formando una cortina muy extensa que corre a lo largo del curso del Lozoya. Después de pasar una serie de argollas ancladas a las rocas laterales de la presa, que servían para que los trabajadores de la presa del siglo XIX se sujetaran para no caerse, entramos en un camino estrecho de tierra que avanza a media altura a lo largo del río. La vegetación es baja y no muy abundante, por eso nos va dando el sol en muchos trechos del camino. Comenzamos a sudar aunque no existe un desnivel pronunciado, caminando entre piedras y arena. El Lozoya corre formando pequeñas islitas hacia la presa, sirviendo a algunos patos como piscina para su navegación.
Después de una hora, vemos un grupo grande de vacas, se nos acaba el caminito de tierra y empezamos una pista forestal de grava y asfalto con muchos baches y piedras sueltas. Encontramos varias cuevas que eran minas de ataque que servían de acceso para el transporte de materiales y de entrada a los trabajadores.
A continuación encontramos una cascadita que alimenta al Lozoya donde podemos remojarnos un poco, ya que el sudor continúa. Nos tomamos el cacahuete a la sombra de unos fresnos y abedules en una pequeña explanadita. Probamos el vino y nos pareció bueno. Al continuar, pronto íbamos a entrar en una herradura y nos desviamos a la izquierda cogiendo un camino que ascendía a pleno sol: es un atajo, para evitar la herradura, pero no hay atajo sin trabajo. El ascenso, bien, pero caluroso. El descenso, en picado, y reteniendo el cuerpo con riesgo de caída. No me gustó nada,ni a Wolgang que venía conmigo. Cuando nos juntamos con M.Á. y J.L., tampoco quedaron muy satisfechos de este atajo, manifestando que la vuelta la harían por la herradura. Atravesamos una casa en ruinas, que es donde yo me eché una siesta en otra excursión hace ya muchos años. Hay una foto en el blog, donde aparezco.
Enseguida llegamos a la presa de la Parra, que es la que hay después de El Atazar (siguiendo el curso del río, claro). Fin de la excursión, 8 km.
Iniciamos la vuelta y pasamos por la herradura, donde hay una almenara de sedimentación de la presa de la Parra y a continuación otra pequeña presilla, que se llama de Navarejos. Después nos encontramos con muchas colmenas y varios avisos de que pasemos con precaución pues como se enfaden las abejas, son capaces de atacarnos sin contemplaciones.
Almorzamos en la conexión entre el camino de tierra y la pista forestal de grava y asfalto, nos zampamos nuestros bocatas regados con el vino de la bota (a excepción de Juan Ángel, que no gusta el vino), nuestros postres, y el que quiso se metió entre pecho y espalda un traguejo de “petrolato” aportado por M.Á. para iniciar el último tramo de la excursioncita. Yo estaba ya cansado, cosa que no me ocurrió en las anteriores veces que vine. Tal vez sea por el calor.
Después de una hora, avistamos las cárcavas y los farallones dándonos cuenta de que el final estaba cerca.
Los dos primos se largaron en sus coches y Wolgang, J.Á. y yo nos paramos en Patones a tomarnos un “tomo” (cada uno lo que quiso), donde nos encontramos con Fernando de Acrola y charlamos un ratito (con máscaras, por supuesto). Ellos habían ido a Cabeza Antón, en el Atazar y nos dijeron que también deberían haber subido en invierno, pues el calor les había resultado un hándicap algo durillo.
Y de aquí, cada cual a su casa. ¡Hasta pronto!
Paco
Como bien apuntó Jesús , la primera marcha de la temporada no fue : ni larga ni corta, ni dura ni blanda, ni fresca ni calurosa, pero variada y bajo bosques preciosos.
Como siempre, a las once nos juntamos todos los marchosos, menos Jero que anda por su caribe particular y Chicho que se levantó un poco modorro y nos comunicó que no venía .
Continuamos por la senda Herreros, llamada en este tramo senda de la Pata la Cabra, hasta las piedras de Lain y el petroglifo del Dragon, que no es tal, si no un dibujo hecho por algún montañero ocioso .
Juan Angel
El análisis de trece rocas
llegadas del espacio apunta a que el agua de la Tierra tiene su origen en un
tipo de asteroides que hasta ahora se creían secos
Las rocas del disco que se formó alrededor del Sol primitivo contenían
los elementos que permitieron la existencia del agua en la Tierra.
Un suceso
afortunado es el que cubrió de océanos la Tierra y la hizo fértil para la vida.
Los modelos de formación del Sistema Solar estiman que el agua debería ser
escasa en los planetas más cercanos a la estrella, pero es obvio que, al menos
en el nuestro, no es así.
En los intentos
para explicar esta feliz anomalía, el estudio científico sugiere que hace 3.900
millones de años, la Tierra sufrió un intenso bombardeo de asteroides y cometas
que trajeron con ellos agua y elementos orgánicos que, solo 400 millones de
años más tarde, permitieron que apareciese la vida.
Para acomodarse
a las teorías de formación de nuestro sistema planetario, se planteaba que los
meteoritos, conocidos como condritas carbonáceas, llegaban de las fronteras
externas del sistema solar, donde el calor de la estrella no habría
volatilizado el agua como en las regiones interiores. Ahora, un trabajo
publicado en la revista Science, señala a otro tipo de asteroide como fuente del
compuesto líquido esencial para la vida que conocemos.
La hipótesis de
que fueron meteoritos y cometas lejanos los que llenaron de agua la Tierra
requiere un complejo proceso de influencias gravitatorias entre los planetas
gigantes y esos cuerpos celestes para traerlos aquí desde sus lejanas órbitas.
Laurette Piani y un equipo de Centro Nacional de Investigación Científica
(CNRS, de sus siglas en francés) y la Universidad de Lorena (Francia), han
tratado de justificar otra de las posibilidades que se habían propuesto para
explicar que este sea el planeta azul.
La Tierra se
formó a partir de la amalgama de materiales que se encontraban en la nebulosa
que dio origen al sistema solar. “Hoy sabemos que los planetas terrestres,
entre ellos la Tierra, no se forman súbitamente, sino con la agregación de
cientos de cuerpos”, explica Josep Maria Trigo, investigador principal del
grupo de cuerpos menores y meteoritos del Instituto de Ciencias del Espacio
(CSIC-IEEC), en Barcelona. “Los cuerpos que formaron la Tierra se formarían a
una distancia menor del sol y en un 80 o 90% se trataría de condritas de
enstatita [el mineral más abundante en ellos] u ordinarias”, añade.
En principio,
por su formación cercana al Sol, se pensaba que en esos ladrillos fundamentales
con los que se construyó la Tierra no habría agua suficiente para explicar su
abundancia en nuestro planeta. Sin
embargo, el análisis de Piani y sus colegas sugiere que en estas rocas
primigenias había hidrógeno suficiente para traer a la Tierra hasta tres veces
la masa de agua que hoy contienen los océanos. Para realizar esta
afirmación con solidez, los investigadores midieron con precisión las
concentraciones y los ratios de hidrógeno y deuterio (una versión del hidrógeno
con un neutrón acompañando al protón) en trece meteoritos provenientes de
asteroides de enstatita. Además de comprobar que tenían cantidades suficientes
de hidrógeno, observaron que las cantidades de isótopos de hidrógeno y
nitrógeno coinciden con las del manto terrestre.
Los autores
reconocen que no pueden calcular cuándo se produjo la llegada de estos
asteroides portadores de los elementos necesarios para la aparición del agua
terrestre, pero estiman que se produjo en un periodo suficientemente tardío de
la formación de la Tierra.
Jesús Martínez
Frías, investigador del CSIC y director de la Red Española de Planetología y
Astrobiologia, coincide en que si el bombardeo se hubiese producido demasiado
pronto, antes de hace 3.800 millones de años, el agua se habría evaporado.
“El bombardeo
posterior a la acumulación de los primeros planetesimales habría destruido la
corteza primitiva y el vapor de agua y otros gases escaparon y se quedaron
formando la atmósfera y el agua de la Tierra”, señala. “Esto además, se mezcló
con otros fluidos procedentes del subsuelo a través del vulcanismo y todas esas
emisiones volátiles enriquecieron esa atmósfera primitiva”, añade.
El hecho de que
la mayor parte del agua terrestre proceda de estas condritas de la región del
Sistema Solar cercano a la Tierra no descarta la función que pudieron cumplir
las que llegaron de las zonas más frías y lejanas. “Las enstatíticas
fueron importantes para crear unas condiciones de habitabilidad trayendo el
agua, pero las carbonáceas, que tienen aminoácidos, ureas, purinas, son más
importantes para hacer posible el origen de la vida”, explica. Trigo, que
considera muy relevante el trabajo que hoy publica Science, señala
que esto puede significar que “las condritas carbonáceas habrían aportado una
cantidad menor pero significativa, de alrededor de un 5 a 10%, de esa agua y
nitrógeno [de la Tierra], aunque lo podrían haber hecho más tarde, fruto de las
continuas colisiones con otros objetos a lo largo de la historia de la Tierra”.
Para conocer
mejor esta etapa crítica de la historia del planeta, será necesario viajar a
asteroides donde tomar muestras con las que poder realizar mediciones aún más
precisas que la del equipo de Piani. Como explica Frías, cuando sea posible
visitar asteroides con cierta regularidad, cada tipo tendrá su interés: “Los
asteroides metálicos son más interesantes para buscar recursos minerales como
las tierras raras, los que dan origen a las condritas carbonáceas interesan
desde el punto de vista del origen de la vida y los enstatíticos(2) para
explicarnos cómo empezó la Tierra a ser habitable”.
1-Las condritas son meteoritos no metálicos (rocosos) que no han sufrido procesos de fusión o de diferenciación en los asteroides de los que proceden. Representan el 85,7 %
de los meteoritos que caen a la Tierra.
Las condritas carbonáceas también son conocidas como condritas C, y
representan el 5 % de las condritas caídas. Se caracterizan por la presencia de compuestos de carbono.
2-Enstatita. Es un silicato de magnesio, MgSiO₃, con el magnesio parcialmente remplazado por pequeñas cantidades de Fe⁺².
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| Acebos y helechos en la senda delas Vueltas |
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| Bajando al Pingarrón |
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| Refugio PIngarrón |
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| Arroyo de las Guarramillas |
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| Poza Sócrates |
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| Arroyo Las Cerradillas |
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| Comienzo de la preciosa senda de las vueltas |
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| Senda de las Vueltas (tramo de la RV9) |
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| La Pradera |