Esta vez sólo nos hemos juntado cinco para hacer la excursión: MAN, PAB, PAC, JL y MA. El día es espléndido y apetece internarse en el campo. Intentamos salir de Torrelaguna por el arroyo Matachivos pero resulta que está canalizado, no lleva agua, y no sabemos cuál es la margen derecha ni la izquierda y, además, no hay pasadera de cemento ni pista de tierra que vaya a la loma inmediata, como dice AC. En su lugar hay una urbanización que cubre toda la loma y las inmediatas, así que empezamos a ascender por una calle que se llama "Las Lomillas", pero Pablo nos hace ver una pista paralela a la calle fuera de la urbanización que es la que debíamos haber seguido pero no lo hicimos así. Desde arriba de la loma divisamos el pueblo y su iglesia y comenzamos a ver detrás la sierra de la Cabrera y, más atrás, otras sierras nevadas.
Bueno, las botas se nos van llenando de barro y cogemos rumbo sureste hacia otras lomas que se divisan a lo lejos. Cuando llevamos una media hora andando, descubrimos un edificio a la izquierda en lontananza, que creíamos sería la ermita. Nos calamos los prismáticos y dice el "listo" de Paco que si aquello es ermita que venga el ermitaño y lo vea pues no tiene ni cruz ni campanario y Pablo, que es más listo apunta que es una casa abandonada pues no tiene paredes en la parte de arriba, que está como hueca: ya veremos.Parada, cacahuetes, fotos, charleta en la que estuvimos arreglando el mundo, lo de Túnez y Egipto ya lo tenemos solucionado. Después de arrearnos unos buenos latigazos de la bota de Paco, nos ponemos en camino otra vez cogiendo a la izquierda un camino que va por detrás de la ermita y donde aparecen las ruinas de una pontezuela del canal de Cabarrús. Alcanzamos la casa de Jovellanos (está grabado en el dintel de piedra) y, al acercarse Miguel Ángel y Paco, una liebre salió corriendo hacia la loma cercana perdiéndose entre los matorrales. Llegamos a la Casa de Oficios, que tiene prohibido el paso pero nos animamos y empezamos a entrar. Sólo andar unos 100 metros y un perraco como un oso apareció ladrando en medio de la calzada que conducía a la entrada del edificio; queríamos llegar por lo menos hasta unas tinajas que bordeaban el camino, pero lo dejamos para otro día; así es que nos volvimos despacito, sin correr, no vaya a ser que este perraco se nos eche encima.
Ahora vemos ya muy cerca la casa que Pablo decía abandonada, pero de eso nada. Al acercarnos había un individuo joven, con barba, con un parapente rojo. Se tiró, el tío, no se elevó mucho, casi nos da con los pies en la cabeza y aterrizó unos 50 metros más abajo. La casa estaba habitada pero parecía como un centro de alguna asociación, pues había banderitas para indicar el sentido del viento.






